Conocido por ser el Luisma de “Aída” (Telecinco), el actor y
director Paco León cambia de registro para interpretar al misterioso Zúñiga en “La
Peste”, la ambiciosa producción de Movistar + que se ambientará en la Sevilla
del siglo XVI para esclarecer una serie de asesinatos de la alta alcurnia de la
época durante un brote de la pandemia que da título a la serie. Serán 6
capítulos que actualmente se encuentra rodando el también guionista Alberto
Rodríguez, responsable de obras maestras de nuestra cinematografía reciente
como “La isla mínima” (ver crítica)
o “El hombre de las mil caras” (vercrítica). Se espera que la ficción, que cuenta con diez millones de euros
de presupuesto, pueda verse de forma íntegra en diciembre de este 2017. Con respecto
a León, ha manifestado estar encantado con su cambio de tercio y el hecho de
trabajar para una cadena privada, lo que según él otorga mayor libertad, y ha
confesado que también ha hecho su propia propuesta televisiva a los dirigentes de
Movistar, si bien no ha querido dar más detalles al respecto, ni tan siquiera
si la propuesta ha sido contratada para su realización en un futuro más o menos
próximo. Desde Orgullo Fan… ¡seguiremos informando!
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lunes, 8 de mayo de 2017
domingo, 5 de febrero de 2017
Crítica de "El hombre de las mil caras"
Año: 2016.Coescrita y
dirigida por: Alberto Rodríguez (“La isla mínima… ver crítica). Basada en: “Paesa,
el espía de las mil caras”, de Manuel Cerdán. Intérpretes: Eduard Fernández (“En la ciudad”),
José Coronado (“No habrá paz para los malvados”), Carlos Santos (“Los hombres
de Paco”), Marta Etura (“Celda 211”), Emilio Gutiérrez Caba (“La comunidad”), Luis
Callejo (“Tarde para la ira”), Pedro Casablanc (“Truman”). Premios: otra de las
favoritas de este año de cara a los Goya, con 11 nominaciones, cosechando
finalmente el de Mejor Actor Revelación para Carlos Santos y Mejor Guión
Adaptado.
Sinopsis:
traicionado por un país al que ha servido fielmente pero que le ha apuñalado
por la espalda, el ex espía Francisco Paesa encuentra la manera de redimirse
servida en bandeja de plata cuando Luis Roldán y su mujer, Nieves, le piden
ayuda para poner a buen recaudo mil quinientos millones de pesetas sustraídos
del erario público. Paesa se dedicará a ello con devoción, acompañado siempre
por su fiel escudero, Jesús Camoes.
Crítica: “Es
correcto”. Escribo estas líneas cuando recién termina la gala de los Goya y aún
sigo con cierto estupor por el triunfo soterrado de “Un monstruo viene a verme”.
No es que tenga nada contra la cinta de Bayona ni contra él mismo, pero no sé…
Considero que su último proyecto es un film “made in Hollywood” pero hecho con
dinero español (que no esmalo, ojo). En cambio, quizás “El hombre de las mil
caras” sea su contrapartida más directa, al tratarse de un film “meid in Espein”
pero con mucho aroma hollywoodense, sobre todo a la muy reivindicable “Atrápame
si puedes” de Steven Spielberg. Un thriller eléctrico, vibrante, laberíntico y
muy castizo, aunque sólo sea por el halo de mentiras y corrupción casposa que
envuelve a sus protagonistas. En una película quizás “comercial”, que dirían
algunos, como si esa etiqueta fuese algo peyorativo en lo que a una propuesta
de entretenimiento se refiere. Muchos la han querido comparar con su anterior
trabajo, “La isla mínima”, pero esa comparación no es solo odiosa, como se
suele decir, sino que además es absurda. Si un director tuviese que vivir con
la permanente exigencia de superarse constantemente, nos quedaríamos sin
películas tan disfrutables como esta o como cualquiera de las que firman cada
año realizadores que nunca han vuelto a estar en primera plana, quizás
precisamente porque no están obsesionados con ello. Pero es que, además, sería
injusto decir que Rodríguez no ha dado un salto cualitativo con “El hombre de…”.
Hasta cierto punto, me parece más fácil resultar contemplativo, elegante y sutil
con una historia como la de ”La isla mínima”, pero hacer malabares con una
propuesta tan grandilocuente como la que nos ocupa, abriendo como un bisturí
una historia de nuestro pasado reciente harto conocida por todos en mayor o
menor medida (con lo que eso implica, en un país donde todos pensamos que
sabemos más de fútbol que Di Stéfano, para que me entiendan), es sencillamente
digna de un orfebre cinematográfico; papel que en principio, ni por edad ni por
tablas, debería asumir pero ejecuta de buen grado. Aunque aún no estoy en el
apartado de “parafraseando”, podría decir que “el cielo es de unos pocos. Y el
cine… también”.
Resumiendo:
empapándose mucho también de la narrativa de Scorsese en este tipo de epopeyas
mafiosas (que es lo que no deja de ser esta cinta, aunque con la contradicción
de ser, a la par, de “altos vuelos” y “cañí”), Alberto Rodríguez formula la que
puede ser buque insignia para un nuevo género patrio, a poco que se lo proponga
la industria, dado el historial delictivo de quienes ostentan el poder en
nuestra piel de toro (váyase usted a saber por qué). Un ejercicio de estilo que
no pretende emocionar pero lo consigue. Porque la emoción, amigos, no sólo se
traduce en lágrimas. También puede ser una sonrisa socarrona. Sobre todo, si
quien la dibuja es Eduard Fernández.
Memorable: si
bien muchos críticos aborrecen las voces en off, por tanto en cuanto se entiende
como un recurso que a veces se utiliza para explicar con palabras lo que no
eres capaz de contar sin ellas, aquí la conducción de José Coronado por todo el
relato se hace poco menos que indispensable para seguir el hilo por los
distintos saltos espacio-temporales de la historia.
Mejorable: la
propuesta de Rodríguez, intencionadamente, hace un sacrificio muy grande. Para poder
mantener el ritmo al galope de su película, se mimetiza con la personalidad de
su protagonista para no decirnos, en realidad, quién era Francisco Paesa. Aparecen
los títulos de crédito y no llegas a saber más del personaje de lo que suponías
antes del visionado. Un sinvergüenza, sí. Pero… ¿por qué?
Parafraseando: aterrizamos
con uno de esos prólogos que es toda una declaración de principios y que
advierten que no podrás pestañear en las próximas dos horas: “La
historia que voy a contarles tuvo lugar en una época en la que el cielo
pertenecía a unos pocos. No había compañías e vuelo a bajo coste. No era como
ahora. Un avión era un avión… no un autobús. Es una historia real. Como todas
las historias reales… contiene alguna mentira. Es la historia de un mentiroso. La
historia de un hombre que engañó a todo un país”.
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miércoles, 1 de febrero de 2017
Crítica de "La isla mínima" (2014)
Año: 2014. Escrita y
dirigida por: Alberto Rodríguez (“Grupo 7”). Intérpretes: Raúl Arévalo
(“Primos”), Javier Gutiérrez (Satur en “Águila Roja”), Antonio de la Torre
(“Caníbal”), Nerea Barros (“El tiempo entre costuras”), Jesús Castro (“El
niño”), Jesús Carroza (“7 vírgenes”). Premios: es la gran favorita de los
próximos Goya con 17 nominaciones.
Sinopsis: en
1980, dos policías de Madrid son enviados a orillas del Guadalquivir para
investigar la desaparición de dos hermanas durante las fiestas del pueblo. Uno
de ellos es joven, idealista y representa el futuro, mientras que el otro es un
tipo duro y sin escrúpulos, auto-destructivo, con fama de haber sido la mano
dura durante el franquismo. Los dos deberán superar sus diferencias cuando
descubren que el caso no es el primero de la comarca, sino uno más en una larga
lista.
Crítica: “Hay que
dar la noticia a los padres. Sois del pueblo. Os conocen” “Hacedlo vosotros.
Nosotros tenemos que seguir viviendo con ellos”. La casualidad, para bien o
para mal, ha querido hacer coincidir temporalmente el film de Rodríguez con la
serie de “True Detective”, por la contraposición de sus protagonistas, su
ambientación y contexto y sus aires de polvoriento género policíaco. Algo de
eso hay, pero las comparaciones podrían extenderse a “El secreto de sus ojos”,
“Zodiac”, “Memories of Murder” o las novelas de James Ellroy. En realidad,
todas las obras maestras se parecen un poco entre sí. A la que no se parece en
absoluto es a “El niño”, pretendida rival en la próxima edición de los Goya y
de la que está a años luz, por la calidad a la hora de construir sus engranajes
y lo bien que estos funcionan una vez se ensamblan. Y, si la de Monzón se
vendió a bombo y platillo por el descubrimiento de su protagonista (Jesús
Castro, que también tiene aquí un breve papel), “La isla mínima” re-descubre a
dos grandes talentos; dos actores que a menudo suelen mostrar su vis cómica
pero que aquí demuestran que la contención es una virtud, componiendo dos
perfiles muy diferenciados sin caer en lo obvio. Me encanta que sus diferencias
no sean el eje principal de la trama y que su relación no caiga en ese
“compadreo” en el que parecen tener que derivar todas las “buddy movies”. Pero
“La isla mínima” sobrevuela por encima de las demás producciones del año por su
gusto excesivo con el detalle y el modo en que va ofreciendo sus pistas al
espectador, como si el visionado de la cinta fuesen también un crimen en sí
mismo que el público debe descifrar. Y como todo buen crimen, hay maravillosas
pistas falsas, como esa donde se nos hace creer que el final del personaje al
que interpreta Javier va a ser la muerte (que hubiera sido previsible) y…
bueno, mejor no decirlo, por si acaso.
Resumiendo:
muchas veces, hacer una valoración de qué película es la mejor del año, aunque
sea en un coto tan reducido como el de nuestra industria, se convierte en una
tarea difícil que se derime por los gustos y apetencias de quien las juzga. En
esta ocasión, sin embargo, no hay factor de duda posible. “La isla mínima”
tiene ese halo de buen cine que seguirá siendo revisionado y reivindicado con
el paso de los años.
Memorable: hay
veces en que enmarcar una historia dentro de un contexto socio-político y
geográfico concreto no tienen más sentido que el estético o la rigurosidad con
un presumible material original que se adapte. Aquí, todo juega a favor para
crear una ambientación a base de pequeños detalles que te transportan
directamente dentro de la película. Vamos, lo que deberían hacer todas… y no
hacen.
Mejorable: como
señalaba al principio, he escuchado gente ventilarse esta propuesta con una
simple frase: “Es como True Detective”. En realidad, ha tenido suerte: si
hubiese sido estrenada un año después, se la estaría acusando directamente de
plagio.
Parafraseando: en
un lugar y época donde la mujer no significa nada, adquiere especial relevancia
una conversación del tipo: “Tenían fama… ya sabe” “¿Fama de qué?” “Les
gusta pasárselo bien” “¿A usted no?” “Fama de fáciles”.
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